
Hay algo que muchas mujeres hacen tras una cesárea: mirar la cicatriz, ver que está cerrada, y asumir que ya está. Que eso es lo que hay. Que si molesta un poco, es normal. Que el tiempo lo irá resolviendo.
Y el tiempo pasa. Pero la molestia no siempre desaparece.
Si llevas semanas o meses con dolor, tirantez, sensación de que algo tira por dentro o zonas donde no sientes nada, no estás exagerando. Y no tienes que seguir así.
La incisión de una cesárea tiene entre diez y quince centímetros en la piel. Pero una cesárea no es solo un corte en la piel.
Durante la cirugía se atraviesan varias capas: piel, tejido subcutáneo, fascia, músculo recto abdominal, peritoneo. Cada una de esas capas cicatriza por separado, y no siempre lo hace de forma óptima.
El resultado puede ser una cicatriz que, aunque por fuera parece bien curada, por dentro ha generado adherencias. Es decir, tejido que se ha quedado pegado donde no debería, limitando el movimiento de las estructuras que tiene alrededor.
Esas adherencias pueden afectar a la vejiga, al intestino, al útero, a la musculatura abdominal y al suelo pélvico. Y eso explica síntomas que aparentemente no tienen nada que ver con la cicatriz: dificultad para aguantar el pis, dolor en relaciones sexuales, sensación de pesadez pélvica o problemas digestivos.
El proceso de cicatrización no termina cuando la herida se cierra. La remodelación del tejido puede durar hasta dos años.
Durante ese tiempo, si la cicatriz no se trabaja, el tejido puede volverse más rígido, menos elástico y más adherido. Y cuanto más tiempo pasa sin tratamiento, más consolidadas quedan esas adherencias.
Además, muchas mujeres adoptan sin saberlo una postura de protección: encogen ligeramente la barriga, evitan estirar la zona, no tocan la cicatriz. Es una respuesta natural al dolor o al miedo a hacerse daño. Pero esa protección prolongada acaba siendo parte del problema.
El cuerpo aprende a evitar esa zona. Y eso tiene consecuencias en la postura, en la respiración, en la activación abdominal y en el suelo pélvico.
No hace falta que tengas dolor intenso para que valga la pena tratarla. Estas son algunas señales que indican que la cicatriz no está evolucionando bien:
Sensación de tirantez o tensión en la zona de la cicatriz o por encima de ella, especialmente al estirarte o al incorporarte.
Pérdida de sensibilidad en la piel alrededor de la cicatriz, o sensación de hormigueo.
El pliegue. Muchas mujeres desarrollan un pliegue de piel por encima de la cicatriz, conocido como "el delantal". No es solo estético: puede indicar que hay tensión y adherencias en el tejido profundo.
Dolor en las relaciones sexuales, sensación de presión o molestia en la pelvis.
Dificultad para activar el abdomen o sensación de desconexión con esa zona.
Molestias digestivas sin causa aparente, como hinchazón o estreñimiento que no existían antes.
Si reconoces alguno de estos síntomas, no es coincidencia. Y tiene solución.
El tratamiento de la cicatriz de cesárea en fisioterapia va mucho más allá de dar masaje encima de la herida.
Lo primero es una valoración completa: cómo está la cicatriz por fuera y por dentro, qué movilidad tiene el tejido, si hay adherencias y dónde, cómo está el suelo pélvico y la musculatura abdominal, y cómo todo eso se relaciona con los síntomas que tienes.
A partir de ahí, el trabajo incluye:
Movilización del tejido cicatricial. Técnicas manuales específicas para liberar las adherencias y devolver elasticidad y movilidad al tejido. Esto no duele, aunque al principio puede haber algo de sensibilidad.
Desensibilización. Si hay zonas con sensibilidad alterada —adormecidas o con hipersensibilidad— se trabaja para normalizar esa respuesta.
Trabajo abdominal y de suelo pélvico. La cicatriz afecta a todo el sistema. Recuperar una buena activación abdominal y una musculatura pélvica funcional es parte indispensable del tratamiento.
Reeducación postural. Corregir esa postura de protección que el cuerpo ha aprendido, para que puedas moverte con libertad y sin compensaciones.
La cicatriz exterior necesita estar completamente cerrada antes de trabajar directamente sobre ella. En la mayoría de los casos, eso ocurre entre las seis y las ocho semanas después de la cesárea.
Pero hay trabajo que se puede empezar antes: la desensibilización de la zona, la toma de conciencia corporal, la respiración, la reconexión con el suelo pélvico. No hay que esperar a que todo esté "perfectamente curado" para empezar a cuidarse.
Y si tu cesárea fue hace meses o incluso años, también tiene sentido tratarla. Las adherencias pueden trabajarse en cualquier momento. He visto mejoras muy significativas en mujeres que llegaron con cicatrices de tres, cuatro o cinco años de evolución.
Esa frase —"es lo que hay", "es normal después de una cesárea"— la escucho demasiado. Y no es verdad.
No tienes que vivir con una cicatriz que tira, que duele, que no sientes o que condiciona tu postura, tu intimidad o tu bienestar.
Hay mucho que se puede hacer. Y cuanto antes se empieza, más fácil es el proceso.
Si quieres saber cómo está tu cicatriz y qué se puede hacer en tu caso, puedes escribirme por WhatsApp y lo hablamos sin compromiso
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